Correteando: Banda Sonora Oz y alrededores, parte 5.

lunes, 2 de abril de 2012

Banda Sonora Oz y alrededores, parte 5.

49. “Tango de Roxanne”, de la película “Moulin Rouge”.

Bondi, Sydney, marzo de 2011. Desde finales de febrero yo vivía en el Lamrock Lodge, un backpacker a cuadras de la playa. Había encontrado un departamento bueno con unas brasileras simpáticas, pero a última hora decidí quedarme en el hostal. Es que encontré que era mejor para mí, vivir en un lugar en el que me viera obligada a interactuar con gente. 

Además, en mi pieza éramos cuatro mujeres, y las cuatro por casualidad nos quedábamos todo el mes, así que al final era como compartir un departamento, considerando que teníamos hasta una mini cocina y un mini refri dentro de la pieza misma. Ellas eran la Elaine, la Sarah y la Cat. Una irlandesa, otra inglesa y una escocesa, de 22, 23 y 25 años. Y yo. Un grupo de lo más juvenil, servidora incluida (jeje).

Nos llevamos bien desde el principio, pero fue una noche en la playa donde realmente forjamos la amistad. Siempre estábamos con más gente, en especial porque la Sarah era muy pero muy exitosa, por lo que venía con manada de galanes, cual Barbie con accesorios, pero en tal ocasión decidimos hacer una “noche de chicas” y salir solamente las cuatro.

Así, fuimos a la botillería, compramos sidra y otras cosas, y ya equipadas nos instalamos en la playa. Luego, y para relajarnos un poco, hicimos un “drinking game”. Éste consistía en separarnos en dos equipos, y uno tenía que tomar cada vez que escuchara “Roxanne”, y el otro cuando “you don’t have to wear your red dress”, mientras oíamos la canción. En la versión de Moulin Rouge. Fue un juego bastante exigente y difícil, porque dijo ambas cosas un montón de veces.

Pero también fue bacán. Me sentí tan en casa. Nos dio pie para ir hablando tantas cosas, y en especial, para reír.

Y desde entonces nunca más fuimos desconocidas.



50. “Tarjetita de invitación”, de Adrián y los dados negros.

Esta canción causó furor entre todos los extranjeros que conocí. “Come on, play something latino”, decían, marcando con sensualidad la última palabra, y nada de lo puesto les gustaba mucho. Yo no sabía qué hacer.

Hasta que se me ocurrió ésta, y agarró, y yo feliz porque ¡me encanta! Eso sí, como pasa harto, la letra es bastante triste cuando se le escucha, por lo que mis amigos me miraron con ojos redondos una vez que la traduje. Sin que nadie me lo pidiera, dicho sea de paso, muy aguafiestas.

Pero continuamos bailándola, y bailándola con furor. Es decir, ¿qué más se puede hacer si el amor se va?

Bailar siempre es de las mejores respuestas.



51. “Tema principal”, del monito “Barney”

“Barney es un dinosaurio que vive en nuestra mente”, jejeje. Esta canción igual está escrita sobre la melodía original de otra, no recuerdo cuál, pero una típica gringa.

Era finales de mayo y con la Anne estábamos en Fraser Island. Fraser Island es uno de los destinos principales de viaje australiano, una isla gigante, la más grande de arena en el mundo, a la cual se suele ir de camping. Hay que inscribirse en un tour para abaratar gastos, y así es como nos tocaron de cinco alemanes y dos belgas de compañerines de equipo. Nos turnábamos para manejar el jeep, indispensable para trasladarse por esas arenas.

El único Ipod disponible era el mío, para poner durante esta especie de safari, así que así lo hicimos. Pero era un público exigente, y además, la pantalla se había roto, así que se había convertido en un Ipod Shuffle, que no podíamos programar para los gustos específicos: solo había aleatorio.

Fue un sufrimiento. El grupete – excepto la fiel Anne – arrugaba la nariz casi con cada canción, cambiándolas con rapidez supersónica, así como para no mancharse con su inadecuación. Y yo intentaba recuperarlo, y así obtener paz, pero como era el único y no había radio en el jeep, no me dejaban. Debo admitir que me sentía muy ofendida.

Lo estaba pasando pésimo.

Y entonces, muy discretamente, apareció Barney. Y no dije nada, como para ver la reacción de ellos cuando se dieran cuenta. Me causaba cierto placer que estuvieran escuchando algo tan pintoresco sin notarlo, como quien siente agrado tomando leche del envase de un meticuloso que no lo sabe todavía. Sin embargo, pude notar que se dibujaban discretas sonrisas en sus rostros. No dije nada aún.

Hasta que alguien exclamó “oh my God, it’s Barney, in spanish!”, y resulta que a todos les gustaba. Sí, infantil y poco fiestero, pero… ¡todos lo conocían! Jajaja. Así que lo dejamos, en tácito acuerdo, y uno de los alemanes incluso lo cantó en su idioma original, muy contento.

Fue muy pero muy gracioso. Y aliviador. Aunque Barney eventualmente se acabó y debimos continuar con el stress.



52. “The Hills Are Alive”, de “La novicia rebelde”.

Esta canción siempre me ha gustado mucho, porque no es más que la feliz María cantando y bailando a voz en cuello sobre las praderas, a comienzos de la mítica peli. Cualquiera que la haya visto sabe que esa escena podría ser la más pura expresión de contento y de libertad, de esas en la que parecen soñar los típicos mails que le llegan a todo el mundo y que promulgan cosas como “ama como si no te hubieran herido, baila como si ni te miraran”, y etcétera (shiaaa): la María tomando toda la felicidad contenida que puede haber en el ahora, sin mirar a otro lado que al más puro presente.

Yo canto así a veces, sobre todo cuando me siento especialmente libre y especialmente dadivosa. Y así, por supuesto, es como me sentía cuando con la Anne empezamos nuestro viaje por la costa oeste, luego de un buen tiempo en el campo… como una bailarina temporalmente eximida de las obligaciones, canturreando y danzando por las praderas australianas y también por las calles, los hostales, los cajeros automáticos y todo lo que compusiera la geografía circundante. 

La canción entonces me funcionó que dio gusto.

Sin embargo, hubo algo más que la gatilló en mí, y es que luego de haberlo pasado mal con mi francés y con el chileno anónimo, conocí a un holandés: Walter. Él también estaba viajando aunque por otra ruta, así que no coincidimos por mucho, pero lo que tuvimos me recordó cómo, sin importar el calibre de las decepciones… uno siempre conserva en sí la capacidad de ser impresionada otra vez, y de construir otra vez. 

Es solo natural, en nosotros.

Ese Walter me hizo muy feliz, luego de un período más bien amargo, y sirvió como transición a experiencias mejores. Además, quedamos de los más amiguis, con tal que todavía nos escribimos de cuando en cuando, lo que me parece tierno. Y sano.

Y como era la copia fiel del capitán Von Trapp, hasta con el acento y esa boca media torcida, aunque más juvenal… la canción se entonaba sola dentro de mi cabeza, cada vez, casi empujándome a salir corriendo a las praderas, como una María cualquiera.

Como la María que también yo era.


Lástima que encontré solo la canción en YouTube y no el video... pero quienes vieron la peli, la recuerdan.



No es de la película, pero se entiende la idea, jajaja. Pasa más o menos así.



53. “The Merry Old Land Of Oz”, de “El mago de Oz”.

“El mago de Oz” es mi película favorita, en la vida. Por supuesto que, desde que la vi, me he topado con otras muy buenas, algunas con posiblemente mejor nivel y también más contenidos… pero “El mago de Oz” es perfecta tal cual es, y además es especial para mí desde la infancia. Visto con ojos adultos, igual tiene algunas cosas medias curiosas, pero eso sin duda no quita mi adoración.

Por eso, grande – y feliz – fue mi sorpresa cuando, ya en Australia, supe que Oz era el nombre con el que se apodaba Australia, ¡Oz!, ¡Australia era Oz! ¡Luego de tantos años soñándolo al fin estaba allí! Y eso significaba tantas cosas que a veces solo podemos imaginar…

Esta canción fue la que más canté allí de la peli, que es la que entonan los personajes de la película cuando al fin llegan a ciudad Esmeralda, donde está el mago famoso. Y no solo la cantan los personajes de la película protagónicos, sino que todos los que son parte de la ciudad Esmeralda, que no encuentran una mejor forma de expresar cuán felices son en la merry old land of Oz. Como yo lo fui yo.

Y como esta canción la entonan mientras hacen cosas muy cotidianas como peinarse, pintarse las uñas y etcétera… yo también le daba justamente al hacer cosas afines, como lavar los platos y planchar ropa. El ritmo repetitivo fue un plus, porque en su insistencia me ayudaba a mantenerme activa, cual laboriosa abeja del hogar… aunque como verán en el video clip, se supone que en Oz apenas trabajan.

“That’s how we laugh the day away in the Merry Old Land of Oz”. And yes, we did.



53.  “Tú con él”, de Los Iracundos.

Esta canción grafica tan bien la decepción amorosa que llega a doler físicamente: La verdad de lo que el intérprete dice, lo que notoriamente sueña, la claridad de su voz y la firmeza que perdura en ella pese a la vulnerabilidad expuesta… el total silencio musical que va detrás de sus palabras cada vez que dice “tú… con él”.

Qué manera de ilustrar lo que puede ser la soledad. Y el amor.

Como se la canta un hombre a una mujer que siempre está con otros, a mí se me vino a la mente por un hombre que siempre está con otras: El chileno anónimo, que me gustó por tanto tiempo y que estaba pololeando. Incluso en Australia, lo que me tomó por sorpresa. Porque no lo supe hasta encontrarnos, en Sydney, y eso que conversamos de antes, y que yo igual tenía proyectos ocultos (o no tan ocultos) para nosotros, jeje.

Pero no tuve chance.

Los Ángeles Negros me ayudaron a sobrevivir lo que fue el final definitivo de nuestro (des)amor. Lo había querido, sí. Debía dejarlo ir, sí. El silencio entre nosotros no significaba que no hubiera cariño: sino que simplemente no podía ser. Había demasiada historia como para mantener contacto, aún siendo los dos extranjeros en Australia y compartiendo, durante un tiempo, la misma ciudad. Ser amigos, para mí, era un insulto.

En el proceso, me alivió escuchar esta canción, y sentir el corazón del cantante dentro de mi propio corazón. Me hacía sentir que no era tan grave mi dolor: otros habían sufrido. No era tan grave no haber sido elegida: otros tampoco lo eran. Y mi interior seguía brillando, de todos los colores.

Mi dolor era válido y también lo era yo, y hasta tenía ciertos retazos de pura belleza, en él.

Extrañamente, eso me ayudó a decir adiós.



54. “La vie en rose”, de Edith Piaf.

Era el otoño y yo figuraba trabajando la fruta. Era el segundo de mis alojamientos en Stanthorpe, esta vez en las afueras del pueblo, en una casita en el campo mismo, en medio de la nada. No había almacén ni tienda alguna, y ni siquiera señal de celular o de internet. Ahí estábamos recluidas solo mujeres, estando prohibido siquiera invitar a hombres, y como ninguna tenía auto, los 15 kilómetros que nos separaban de la “civilización” (Stanthorpe era un pueblucho), fácilmente podrían haber sido 500, o 3000. 

Era la desconexión más absoluta.

Sin embargo, nos venía bien. Trabajábamos tanto y llegábamos tan cansadas, que apenas nos daba para cocinar y para luego arrastrarnos a la cama tipo 9. La privacidad del aislamiento nos permitía descansar, y entremedio, abrir complicidades… compartíamos historias, improvisábamos canciones en la guitarra, ensayábamos nuevos estilos de peinado, nos cuidábamos unas a las otras. Éramos una familia. 

En una de esas noches, me quedé hasta tarde en la cocina con la Alex, una francesa adorable de unos 24 años. Ella hacía una torta con manzanas que nos había regalado el boss, y yo simplemente estaba pintada al lado, sin hablar. A esas horas estábamos tan cansadas, que éramos solo dos entes silenciosos compartiendo el espacio, envueltas en una especie de dulce letargo, ganado con el sudor del duro día laboral. Y estábamos perfectamente cómodas en él, apenas existiendo, mientras el resto dormía. 

Era como si todo el universo se hubiera callado.

Pero entonces se me ocurrió poner música. Para expresar mi apoyo culinario, toda la francesa que encontré… Jacques Brel, Serge Gainsbourg, Camille, la Edith Piaf… a ver si podía ayudar un poco. La música, como sabemos, suele despertar cosas.

Y así fue… El aire siguió estando sereno y quieto, pero se fue llenando de esa dulzura tan característica de las canciones galas. En especial cuando llegamos a “La vie en rose”, que la Alex se sabía de memoria y que procedió espontáneamente ¡a cantar con su acento nativo! Distraída, totalmente relajada, totalmente inmersa en pelar las manzanas, chorreando sentimiento.

Por un momento el tiempo se detuvo.

Yo me sentí tan honrada de presenciarlo. Ver a una verdadera francesa cantando a la Piaf, con el mismo espíritu con que debieron interpretarla su mamá y su abuela, y con el que lo harán sus hijas… pero también me di cuenta de cómo nos parecemos todas las mujeres, a lo largo de las nacionalidades y del tiempo, porque, aunque yo soy chilena, esa canción también era mía, y mi corazón también se inflamaba ante su presencia.

La Alex también lo sabía, así que la canturreamos juntas en feliz complicidad campestre.



55. "Wild World", de Cat Stevens.

Era febrero, del 2011, cuando como paréntesis de viaje dentro de mi viaje, me fui a Indonesia, ¡Indonesia! Una total y completa preciosura. Yo estaba tan feliz de ir.

Pero Indonesia tal vez no estaba tan feliz de recibirme, porque tuve varios percances inesperados, desde el principio mismo: Entonces llegué a las 11 de la noche, aprovechando un ofertón de Jetstar (aerolínea), sola, a Denpasar, lo que no habría importado… si no fuese porque una vez allí descubrí que el hostal que ya había arrendado (y pagado) quedaba ¡en otra ciudad! Así tuve que tomar un taxi de más de una hora, porque ya no quedaban micros.

Luego y resumiendo, un perro casi me mordió, y un mono me atacó, y me dejó de funcionar la tarjeta (por suerte andaba con efectivo), y tomé un ferry que casi se hunde en una tormenta, y así etcétera, etcétera. Las cosas que pasaron llegaron a desafiar mi imaginación, pero yo me tomé todo con humor porque, vamos, es un viaje, y me encantan los viajes.

El punto más extremo fue en las islas Gili. Me intoxiqué, y estuve días en cama, transpirando y vomitando todo lo que existía, simplemente esperando a que pasara. La isla es tan chica que no tiene ni consultorio, y me sentía demasiado mal como para tomar el ferry de vuelta, así que me sané a mí misma lo mejor que pude, y sola porque no conocía todavía a nadie. Como tengo un pensamiento positivo (y tal vez un sistema inmunológico privilegiado), a finales del tercer día, me sentí mejor, y entonces salí a celebrar a un bar/restorán local, a volver a la vida y a comer algo.

Y allí estaba mi viejo amigo Cat Stevens, recibiéndome con espíritu. Un nativo interpretaba sus canciones con su banda tributo y tocaban tan bien que toda la gente palmeaba y coreaba cada renglón, ajenos a las pequeñas miserias, hinchando de emoción el ambiente, chorreando vitalidad. Y, entre otras, tocaron “Wild World”, ¡qué canción ad hoc a la experiencia!

Sí, es un mundo salvaje. Pero encantador. Valía- y vale - la pena absolutamente, recorrerlo, aunque de vez en cuando sacara sus garras.

Yo no me arrepentía para nada de estar allí. En ese momento era simplemente mi lugar correcto.



Hasta lo saqué en video. Pero no se cacha mucho, jeje.



56. "You’re My Heart, You’re My Soul", de Modern Talking.

Esta canción la tengo pegada desde hace años de años. Es alegre, y pegajosa y un poco cursi, y cuando la interpreto me la tomo muy en serio porque, aunque es chistosa, habla de cosas que son importantes y reales, como el amor, jeje… aunque me ría mientras la interprete, la mayoría de las veces. Es que además de que la canción es graciosa, el video es tan ochentero y está como hecho para que uno lo ridiculice. Con respeto, claro, jeje. Lo verán.

En Australia y alrededores se me pegó en varias ocasiones, porque es tan pegajosa (valga la redundancia), que basta con una vez que la cante, para que tenga que repetirla, en general hasta que otra toma su lugar. Me es difícil parar, porque también se le pega a los otros, y la cantan también, y así es como un fuego que nunca termina de apagarse. Yo creo que, porque a final de cuentas, es una canción muy buena.

Pero en el viaje esto me sucedió de manera especial. A diferencia del compatriota chileno, el extranjero no es pudoroso. No sé si es por carácter, o una consecuencia del hecho de que es poco posible que sigamos viéndonos en la vida, entonces no importa tanto lo que el otro piense. Pero así pasa.

Y gracias a esto, me tocó muchas veces lo siguiente: Cantar la primera parte (you’re my heart), como para mí misma, y que luego alguien de la nada, con la canción ya un poco metida en su propio cuerpo, aparezca y se apure en completar la segunda (you’re my soul)... para luego terminar ¡los dos juntos! con la parte final (I keep you shining everywhere I go). Después repetirla y a elección, medio bailando. Con muchas variantes, claro, turnándose las voces y etcétera, y a veces empezándola otra persona y yo continuándola, o incluso cantándola dos personas (o más) que no eran yo.

¡Fue muy divertido! Como una epidemia, que me tocó experimentar (y propagar) a lo largo de toda Australia, Indonesia y Nueva Zelanda, y que hoy día tiene brotes en Chile.


Ésta es la primera versión que hicieron, la más ochentera, jiji.



Ésta es la versión que más me gusta oír (pero no mirar, jeje). Es del '98.



57. "You Can Have It All", de Yo La Tengo.

¡Una canción feliz! Siempre me ha gustado, no solo por lo que dice, sino que también por la forma en que lo hace, y por el ritmo que tiene. 

Antes pensaba que con el título (y todos los coros) se refería a que “puedes tenerlo todo”, en la vida… a que uno puede tener todo lo que sueña, el trabajo perfecto, el cuerpo, la familia, la plata, el pololo perfecto, etcétera y etcétera. Entonces escucharla era un estímulo para atreverme, para atreverme a pujar por mí, y a creer en mí.

Pero luego descubrí que en realidad se refiere a que alguien puede llevarse todo lo de otro, de uno. La canción dice algo así como “si quieres mi corazón, puedes tomarlo todo”, y “ si quieres mi tiempo, puedes tomarlo todo”, y así también con la plata, y el amor, jaja. Muy dedicado y también mamón.

De eso me di cuenta apenas en el viaje, de tanto escucharla, y me siguió causando felicidad escucharla, y cantarla, y siguió siendo recurrente en mi travesía… aun considerando que el que quería llevarse las cosas, al final es el que termina dándolas. Porque así es el amor a veces, y está bien que así sea.

Y también porque, tanto en el amor como en los viajes, es mejor vivir sin miedo. 



58. "Young At Heart", de Tom Waits.

“Fairy tales do come true, they could happen to you, if you’re young at heart…”.

Mantener el espíritu joven es esencial cuando uno está de viaje, aunque en realidad es esencial también para la vida misma.

Yo no lo pensé demasiado, pero me imagino que mi subconsciente sí, porque esta canción se tocó una y otra vez en mi cabeza. Así que quizás de vez en cuando, necesité recordarlo.

Es una muy linda, así que fue un agrado permitir que fuese un huésped dentro de mi persona, y de todas las demás a las que contagié con ella.

Sé que hay muchas versiones (así me dijo mi abuela), pero ésa es mi favorita. De las que he oído, al menos. La voz rasposa, la quieta intención, la serenidad, la firmeza, la emoción...

Me encanta.



59. "Young Folks", de Peter Bjorn and John.

Sí, el chileno anónimo hizo cosas buenas por mí antes de que dejáramos de vernos. En Sydney, donde coincidimos, y me prestó plata cuando mi tarjeta se echó a perder, y me dejó colgarme de su internet en mi laptop cuando mis dólares escaseaban. Entremedio, en honor a la hospitalidad, comí algo de su comida y tomé alguna de sus cervezas, y conversamos entremedio. Tuvimos ciertos momentos de amistad.

No fue un mal trato para mí.

Y esta canción estaba muy de moda, y la tocaban todo el día, y yo la tenía pegada, aunque cuando lo pensaba, me causaba gracia darme cuenta de que él tenía 30 años, yo 29, y de que en comparación con todos los otros que andaban con la Work ahd Holiday (que es hasta los 31 máximo) fuéramos los “old folks” antes que los “young,” jaja… aunque después, cuando me fijé en la letra, me di cuenta de que el hit hablaba de cómo al cantante justamente no le importaba lo que hacían los jóvenes, y de que estaba feliz hablando con el otro “viejo” de eso, un poco riéndose de ellos. Como pudimos haber sido nosotros.

Por supuesto, no fue en absoluto el desenlace que tuvimos, pero de todas formas esta canción me trae lindos recuerdos de unos últimos instantes de buena onda.



60. "Your Song", de la película "Moulin Rouge".

Era junio y yo figuraba en Nueva Zelanda, recorriendo el país con mi grupo Stray.

Mis compañeros de grupo eran simpáticos y afables, todos muy distintos, pero a la vez todos abiertos a la aventura. Nos hicimos muy amigos. Y entre ellos estaba Robbie, un australiano de 25 años, que se iba a ir a hacer un postgrado a Francia, y que a la hora de hacer escala en Nueva Zelanda, había decidido bajarse para viajar un par de semanas. Antes de empezar.

Robbie puede haber sido de los tipos más encantadores que jamás haya conocido. Siempre estaba alegre. Era bueno con todo el mundo. Se entusiasmaba con casi todas las cosas. Solo tenerlo cerca mejoraba el ambiente general.

Como también era bastante guapo, yo me demoré un poco más que el resto en hablarle, porque me cohibía. Pero esto cambió cuando hicimos ese paseo a las cuevas de Waikamo. Éstas quedan en la isla norte, y están entre dos montañas, por las que uno baja, y luego vuelve a subir, unos 50 ó 70 metros (no recuerdo el número exacto). Son tantas y tienen tantos niveles, que parecen un laberinto, y hay cataratas adentro, y todo está mojado y resbaladizo... pero es aventurero y divertido y distinto, recorrerlas, por lo que si alguien quiere ir y duda en aperrar, yo digo sí, hazlo porfa. Vale la pena absolutamente. Hay hasta unos gusanos fosforescentes en las murallas que hacen que se vea en la oscuridad.

La aventura empezaba en la primera cueva, una casi superficial, desde donde entrábamos a un precipicio muy largo, el más largo, de unos 30 metros... ahí uno se sumergía en las profundidades de la tierra casi de un solo gran salto, ayudado de cuerdas y medio luchando con el agua. Costaba juntar valor, así que se hacía muy lento, y como, en el momento de empezar, ya estábamos en el interior de la montaña, todo estaba oscuro, excepto por los gusanos electrónicos.

Teníamos que bajar de a uno, y entre la oscuridad, el silencio y la espera, era como si no existiéramos. Solo había esa llovizna gélida típica de las cascadas. Era como el limbo, y estábamos quietos en él, compenetrados con la montaña, anónimos casi fuera del tiempo. Además, era el comienzo del viaje kiwi y apenas nos conocíamos.

Pero entonces Robbie se puso a cantar. “Your song”, en la versión de Moulin Rouge. Al principio lo hizo en broma, pero luego en serio, y entonces su voz retumbó por todas las paredes del lugar y también sobre nosotros. Como pasa en la película.

Ah… fue tan gracioso y tan dulce. Tenía tanto espíritu y no le importaba nada. En su interpretación imprimió toda la emoción posible, aunque sin gritar, simplemente entonando su cariñosa versión. Y el resto nos reímos. Y luego, los que todavía estábamos esperando, nos unimos al cántico, y lo hicimos nuestro, junto a él.

A mí me tomó tan por sorpresa. Fue como si volviéramos a existir meramente por la música. Además, fue divertido.

Es uno de mis recuerdos favoritos de Nueva Zelanda.



¡Y eso es todo del ranking oficial! Aunque agregaré, solo mencionando, algunas que también fueron exclusivas del viaje, pero que no puse. Éstas son:

  • "Atras da Porta”, de Ellis Regina & Chico Buarque. Otro bossanova y con una voz sedante. Muy emotivo.
  • “Bare”, de The Cure. Me encanta cuando dice “I will never forget”, aunque sea con una connotación tristona. Me gustaba repetirlo como un baluarte de memoria e identidad.
  • “Cheek to Cheek”, de la Ella Fitzgerald con Louis Armstrong. Simplemente me hizo feliz. La bailaba sola, con pareja imaginaria, las pocas veces en que tuve privacidad.
  • “Don’t Be Shy”, de Cat Stevens. Me daba fuerzas cuando tenía que expresar mis sentimientos con los minocos.
  • “Don’t Speak”, de No Doubt. Ideal para escuchar cuando el romance se ha terminado y una está cruzando los dedos para que el otro no diga nada, porque todavía no está lista para aceptarlo.
  • “Eins, Zwei, Polizei”, de Mo-Do. Está en alemán y es como del tecno antiguo, muy graciosa. Se me venía a la mente por el solo hecho de estar interactuando con germanos, aunque algunos se ofendían cuando estaban cerca, porque pensaban que me estaba riendo de ellos. Otros lo tomaron como una señal de buena onda, y hasta hicieron el honor de cantarla para mi persona.
  • “Elephant Love Medley”, de la peli "Moulin Rouge". Otra de esas canciones populares que casi todo el mundo conoce, y que es gracioso cantar juntos en momentos de espera. Y en los viajes se espera mucho.
  • “Flaca”, de Andrés Calamaro. A Adam, el hippie australiano de Byron, le encantaba y siempre la tocaba en guitarra. La cantábamos a dos voces y su acento, al copiarse del mío, parecía totalmente nativo. Era divertido y muy didáctico.
  • “Give Me Everything”, de Pitbull. Otro de los hits fiesteros que danzamos all night long, de esos que elevan el espíritu.
  • “Happy Endings”, de Pulp. Temazo. Un amor que funciona casi contra cualquier pronóstico, solo porque quien lo deseaba creía en él. Mi proyecto. Mi fracaso, pero glorioso. Porque traté.
  • “Hope Of Deliverance”, de Paul McCartney. La toqué mucho en guitarra, así que la puse harto, pa aprenderme bien la letra.
  • “If You Want Me”, de la peli “Once”. Simplemente es muy linda, y además me queda justo al tono. “Si me quieres, satisfáceme”, dice. Sorprendentemente agresivo para una canción tan dulce. Me causaba gracia. Ella se veía tan suave y frágil en la película, pero tenía garra. Algo que admirar.
  • "La barcarola", de Offenbach. Es operática, alegre, un poco rebuscada y me encanta. Otra más que canté sola, medio meciéndome y aflautando la voz, en momentos especiales de alegría y recompensa, los que afortunadamente fueron bastantes.
  • “La javainese”, de Serge Gainsbourg. Estaba en Indonesia y quería ir a la isla de Java. Al final no alcancé, pero mi mente me la cantó obsesivamente durante todo ese mini viaje, como para empujarme a cambiar las circunstancias.
  • “Like A Friend”, de Pulp. El eterno enamorado y el amigo que al final no es amigo, pero sí, pero no. Como con el chileno anónimo, aunque al final no funcionó.
  • “My Way”, de Frank Sinatra. Ideal para vivir sin arrepentimientos.
  • “Ne Me Quite Pas”, de Jacques Brel. Otro hit francés, hermoso, devastador y lleno de sensualidad.
  • “No me amenaces”, de Pedro Vargas. Me gustaba interpretarlo, con mímica incluida, frente a el o los extranjeros de turno que querían conocer música en castellano. Es una canción bastante perfecta y empapada del apasionado espíritu latino.
  • “Oh Darling!”, de Los Beatles. Yo creo que la canté durante todo el viaje, solo porque la gente de Gran Bretaña dice darling como apelativo habitual de cariño, y luego con la canción yo me hacía cariño a mí misma. También dicen “honey”, o “hun”.
  • “Pequeño rayo de sol”, de Alberto Plaza. Una muy serena, para motivar la fe de un modo tranquilo y no loco. Además, siempre me ha traído paz.
  • “Pero esta tarde no te vas”, de Alejandro Sanz. La escuchaba cuando estaba con Rom, porque me identificaba con Sanz cuando le canta a la loca que quiere pero que sabe que es fugaz, mientras que ella todavía no se ha ido. Más que amargarme, me conectó con el momento que todavía tenía. Yo seguía dentro.
  • "Quinteto para Clarinete" de Mozart, movimiento 2/4. Tengo una versión en piano muy particular, que es más rápida de lo normal (según acabo de corroborar en youtube) pero aún así muy relajante, así que la escuché harto, en especial cuando debí pasar de largo en aeropuertos y terminales, y por el cansancio me dolía la cabeza. Es de las pocas que entonces logró aliviarme.
  • “Raindrops Keep Falling On My Head”, de B. J. Thomas. Llovía mucho en el tropico y esta canción me venía a la mente casi cada vez, aunque se refiera a una lluvia metafórica. Además, me recuerda a una película vieja muy romántica y a un capítulo de los Simpsons muy romántico también. 
  • “Sembrando en el mar”, de Lucybell. Con el chileno anónimo yo estaba sembrando en el mar. Simple como eso, y el aullido del cantante doliéndose conmigo. La canción igual es más completa pero yo me fui solo al título literal. Era un alivio enunciarlo, y dejarlo ser.
  • “Soy un corazón tendido al sol”, de Ana Belén y Víctor Manuel. Por mi tendencia a decir siempre la verdad, algo tragicómico y dulce. Ahí estaba mi corazón, revelado al sol. Parte de la vida, nada que hacer. ¿Tanto te importa cómo sea yo? Jeje.
  • “Three Little Birds”, de Bob Marley. Casi todos los viajeros rallan con el reggae, en especial los europeos. A mí me aburre un poco, pero Bob Marley igual me gusta. Ésta no es mi favorita de él, pero sí era la más cantada y así se fue quedando en mí. Sí, muy gráfica, vacacional, casi predecible… pero se sintió tan cierta entonces. Aún muchas veces lo hace.
  • “Tu misterioso alguien”, de los Babásonicos. De nuevo el chileno N.N. La polola y yo sin saber quién era, “quién es tu nuevo amor, tu misterioso alguien, a quien has ocultado de mí todo el tiempo para no matarme”. Sí, la había omitido, antes. No, no era un amor nuevo, y tampoco tenía por qué darme explicaciones. Sí, lo pasé mal. Pero no me morí.
  • “You Can Never Hold Back Spring”, de Tom Waits. Uno no puede evitar que lleguen las cosas buenas. Y malas. Todo tiene su momento. Hablé largamente de esto en un post previo.
  • “You Never Give Me Your Money”, de Los Beatles. Ésta en verdad no sé porqué se me pegó. Es una canción muy curiosa. Pero así fue… todo, todo el viaje. Tal vez secretamente esperaba que alguien me patrocinara, jaja. Aunque al final sí recibí considerable ayuda.
  • “Zamba de mi esperanza” de Jorge Cafrune. La canté muchísimo en el campo, junto con “Ki Chororo” (espectacular). Posiblemente porque la primera habla de las estrellas (“estrella, tú que miraste, tú que escuchaste mi padecer”), y la otra de un río, y yo soy muy literal. Además, ambas son preciosas.
  • “13”, de Fito Páez. “Gracias por tu risa que alumbra el sol”, dice en alguna parte, con coro backup y medio resplandeciente de colores. Corta, extática, profundamente amorosa. Me encanta. Escucharla siempre fue una inyección de vitalidad.

¡Y así quedamos con el conteo! Por supuesto, hay más, pero con esto es (más que) suficiente. 

Tal vez deba mencionar, antes de terminar, que si algún compañero de viaje se me siente… las canciones descritas no ilustraron todas mis experiencias… hay gente importante con la que no tuve ni una canción, y gente muy casual y pasajera que me sacó a veces más de alguna tonada por alguna razón. Que haya habido música o no, no tiene relación directa con si esas personas fueron importantes para mí, aunque muchas veces haya sido así.

Y ahora me despido, ¡qué viaje espectacular! ¡Al fin terminé de escribirlo!... exactamente 8 meses, 15 días y 12 horas después de llegar, jeje (acabo de calcular), pero como se dice... mejor tarde que nunca.

¡Un abrazo a todos los que me leyeron!

Y hasta la próxima.

1 comentario:

Anónimo dijo...

Noooooooooooo!!! el fin del blog!!! Estaré atenta a tus nuevas aventuras =)