lunes, 21 de noviembre de 2011

NZ isla norte.

Bien, y hace cuatro meses que volví de mi viaje mítico por Australia y alrededores, y recién ahora vengo acá a intentar terminar este relato… jejeje. Es que volver ha sido tan intenso como viajar, aunque de otra manera. Y por un lado, siento como si hubiera vuelto ayer, pero por otro, como si hubiese sido hace millones de años. La vida es tan diferente aquí, para mí, que es como si lo otro hubiera sido un espacio alterado de conciencia… pero lo mismo podrían decir otros de nuestras vidas aquí, y es que el mundo es un lugar tan diverso… que a veces ni siquiera necesita traslado físico para cambiar. Uno puede vivir mil vidas sin moverse del lugar de origen, y al revés, no experimentar nada aún correteando por todas partes… pero cómo ayuda poder corretear, ah.

Mi viaje a Nueva Zelanda fue espectacular. Recibí varios comentarios negativos al respecto de mi proyecto, en especial de chilenos, quienes suelen impresionarse de que una no le huya de escapar del frío y del invierno. Es que se me ocurrió partir allá justo en junio, desde el 7 al 28 aproximadamente… pero pese a que me advirtieron que iba a estar glacial, al final no fue muy distinto de las noches tropicales de norte de Australia, que son ventosas y heladas (tanto que me dio amigdalitis dos veces). A la vez tengo que decir que fui bastante preparada… a falta de chaquetas producidas de excelente calidad, tenía capas y capas de ropa… que funcionaban, aunque era tanta ropa que me costaba moverme dentro de ella, jaja, y que cada vez que me movía, sonaban en una especie de “jjjj”. Pero sobreviví.

La verdad es que pensé que iba a ser mucho peor, el frío. Tal vez tenga que ver con el cambio climático, pero la mayoría de los lugares donde estuvimos, tenían menos nieve de la que deberían y eso hizo que la temperatura fuese más regular. A la vez, llovía bastante… pero es que a mí me encanta la lluvia. Es como la confirmación de estar habitando a un mundo vivo (aunque podríamos estar en un planeta donde llueva azufre). Y suena, tan fuerte. A mí me encanta. Eso para mí es un feliz plus.

Pero Nueva Zelanda, no me recibió al comienzo con la misma alegría con que yo lo soñaba. Para empezar, no sabía que había que tener boleto de salida al llegar, entonces me hicieron comprar uno en el aeropuerto, porque si no nada de entrar y de quizá andarse quedando… lo que además de significarme más plata (de la que me habría costado cotizando tranquilamente), significó que no pude calcular tan bien el largo adecuado del viaje. Además, con la aproximación de lo que sería el campeonato mundial de Rugby, la mitad de las preguntas para el papel de entrada tenían que ver con eso. Y los precios, por lo mismo, estaban en alza.

Pero de todas maneras, me salía mucho más barato que Australia. No solo es que las cosas valen menos dólares (el alojamiento baja radicalmente de unos 28, a unos 22), sino que el dólar mismo vale menos allá… entonces es un ahorro por dos partes. Es fácil olvidar lo último, hasta que uno va al súper y nota que los elementos más básicos, como la leche o el pan, parecen valer bastante más… pero en realidad es lo mismo que en Australia, solo que en su dólar traducido. Qué felicidad, dicho sea de paso, ir a sapear el súper... esa es una de las mejores cosas de llegar a un país nuevo. Hay pocas actividades que reflejen mejor la naturaleza de un pueblo, y que estén hechas de a tanto detalle.

Nueva Zelanda, en todo caso, resultó ser una verdadera preciosura de país y bastante parecido a Australia en temas culturales, como la mezcla racial (aunque los blancos son menos rubios), o la presencia de baños públicos impecables en todas partes, o de bibliotecas gratis con internet, en donde uno podría quedarse a vivir. Pero tiene bastantes diferencias también… está lleno de actividad volcánica, y sus aborígenes (los maorí) son totalmente distintos a los australianos… mucho más amistosos y alegres (y racialmente completamente diferentes), y su flora y fauna es otra cosa, también.

Eso, porque Nueva Zelanda está en la placa más nueva del mundo, mientras Australia está en la más vieja. Eso significa que en Australia, por la cantidad de tiempo para evolucionar y crecer, hay una variedad impresionante de flora, y de fauna, y también un número muy alto de plantas y animales primitivos y muy venenosos, porque estaban aislados y entonces no tuvieron que pelear con plantas y animales extranjeros para subsistir… mientras que en Nueva Zelanda la aparición de la tierra es tan nueva, que ni tiempo hubo para que evolucionaran los animales, ni menos empezaran a pelearse. Aunque hay muchos mamíferos de agua (tipos de focas, por ejemplo), el único en la tierra eran los murciélagos… antes de que el hombre occidental trajera el gato, y a los ratones, además de las ovejas y otros. Eso hoy ha provocado que la flora y la fauna haya perdido mucha de su riqueza autóctona, por culpa de ese choque mal administrado, y es que lo nativo neozelandés no tuvo (o tiene) demasiadas herramientas para defenderse… con decir que el kiwi, pájaro emblema, ni siquiera alcanzó a desarrollar alas, porque no tenía depredadores de los cuales escapar, ni tampoco los loros, lo que significa que cuando llegaron, hubo bastante extinciones...

Pero igual la flora y la fauna empezó a verse afectada antes de John Cook (siglo XVIII), cuando los maorís llegaron en el siglo XII. Ellos vinieron desde Hawaii, lo que se nota, porque son igual de tostados, y alegres y regordetes como los que vemos en las películas, con esas caras redondas, ojos achinados y sonrisas blancas. Al lado de los aborígenes australianos son bastante blancos, pero al lado de los europeos son oscuros, bastante parecidos a los indígenas de Sudamérica (bueno, tenemos ancestros comunes), y al igual que en Sudamérica (y a diferencia de en Australia), se han ido mezclando con las razas conquistadoras, de manera que hay un mestizaje – por así decirlo – importante. No es de extrañar, porque son bastante simpáticos, y tal vez genéticamente alegres. Y sí, sé que ese último comentario suena superficial y algo deslenguado, pero la verdad es que no lo es… obvio que la simpatía corre a la hora de querer forjar una vida con alguien más. A la vez, los aborígenes neozelandeses quizás sean más populares. En Nueva Zelanda, el 16% es maorí, mientras que en Australia solo el 2% es aborigen australiano… y esos últimos son aborígenes que sufren mucha discriminación y carencias, tanto así que viven 17 años menos, en promedio, que el resto de los australianos.

Bien, y retomando el tema de los hawaianos futuros neozelandeses, y su llegada a la zona, esto fue en el siglo XII, y también anduvieron desordenando la tierra. Antes de ellos, el país era un 80% de bosques, solo porque el gran número de volcanes que tiene impedía que fuera un absoluto (y también las zonas muy altas), lo que disminuyó con su aparecida (en los museos hay mapas muy trágicos al respecto). Estos maorís fueron los primeros humanos de la zona, y luego cuando llegaron los segundos humanos, al igual que en muchos lugares, fueron relegados a aldeas externas, siendo eventualmente desposeídos de todos los territorios de la isla norte, y de casi de todos los del sur… pero hoy en día viven en bastante respeto común, y su cultura está muy inmersa en el imaginario de la zona.

La verdad es que no recuerdo haber visto antes un lugar en donde se sienta tanta aceptación y orgullo por la comunidad nativa. Había visto la parada de eso, pero no ese sentimiento neozelandés que realmente transmite de orgullo, y es que Nueva Zelanda, al ser tan nuevo, tiene menos trabas a la hora de encontrar su propio desarrollo, quizá como un hijo nacido de padres muy viejos. Pudo ser un país moderno, sin mayor esfuerzo, y muchas veces lo fue. Como al ser los primeros en darle a las mujeres el derecho a votar, en 1893, a diferencia de los aborígenes australianos que, con sus hombres incluidos, pudieron hacerlo apenas en 1962… pero es que tal vez los australianos estaban más en la mira y tuvieron menos espacio para ser libres o “liberales”. Quién sabe (es una teoría) (uno elabora muchas teorías cuando viaja) (y cuando no viaja, es parte de la naturaleza humana).

Dejando ya la historia y la geografía, Nueva Zelanda es una cosa linda. Verde, verde, verde, por todas partes, y poblada de ovejas y de vacas que tampoco son originarias. Al igual que Australia, es un país casi vacío, en donde al llegar a las ciudades más grandes, igual se siente como nadie, o como casi nadie, aunque la señal de internet y de celular es mucho mejor, y también el sistema de correos (tal vez porque el país es más chico y están todos más cerca). Otra cosa interesante es que en Nueva Zelanda uno se encuentra con mucho más sudamericanos (porque exigen menos en el inglés para la Work and Holiday), y también que está lleno de israelitas, lo que me hace preguntarme qué onda con ellos en Australia, ya que jamás me tocó trabajar con ninguno, y en Nueva Zelanda estaba lleno, en todos los backpackers, ¿será que tienen más problemas para conseguir la visa? No se me ocurre otra opción, ya que en Australia el sueldo mínimo es 18.50 la hora, mientras en Nueva Zelanda apenas 10... cómo no va a haber ninguno en Australia.

Por supuesto, empecé el viaje en Auckland, isla norte, que no es la capital (Wellington lo es), pero sí es la ciudad más poblada del país, con 1 millón de habitantes. Fue fundada por los maorí en 1350 y luego por los europeos en 1840 (vaya a saber una porqué se dice que hubo dos "fundaciones"). A riesgo de ser repetitiva, ah... es una preciosura… Está llena de sinuosidades, como una especie de Valparaíso con arquitectura mucho mejor cuidada, y sumida en una especie de selva austral, que casi duele a los ojos ver. Auckland está al norte de Nueva Zelanda, pero aún así está a la altura de Concepción. A la altura de las Torres del Paine volveremos a encontrar solo mar. Todo Nueva Zelanda transcurre entre esas latitudes sureñas.

A Auckland llegué bastante cansada. Había carreteado varios días seguidos en Cairns, y cuando al fin partí, llegué a las 5 de la mañana, entonces tuve que esperar que amaneciera en el aeropuerto, para movilizarme. Lo bueno es que todas las indicaciones a la hora de instalarme me fueron fáciles: mi amiga Kristen, una estadounidense de Nueva York de 25 años que conocí en Australia, había partido apenas dos días antes que yo, por lo que me iba dando los datos de adónde ir y cómo llegar.

Así fue como alojé en Nomads, que es uno de los típicos hostales. Era rico, con una cocina en el techo, un sauna gratis, y unos sillones de cuero en donde me eché cierta tarde a ver series viejas de televisión con los hostalamiguis. Y me tocó compartir pieza con la Shawna, una canadiense de 35 años, que estaba empezando su visa de Work and Holiday, lo que fue muy llamativo para mí, dado que en Australia es hasta los 30, y estaba acostumbrada a ser de las mayores... debo decir que igual fue una agradable diferencia, porque pese a que encuentro que 30 es joven, muchas veces tenía como que demostrar que lo era. En fin, la cosa es que la Shawna estaba inmersa en su vida canadiense, cuando de pronto había descubierto que estaba aburrida, que necesitaba un cambio en su vida, y había decidido dejarlo todo. Yo igual la admiré. Me pregunté si a los 35 tendría el ímpetu de hacer algo como eso… aunque con el tiempo he descubierto que todos somos capaces de hacer lo que tenemos que hacer, cuando nos toca. Y sí, ahí estoy mirando a la Shawna con la misma admiración con que los de 25 me miraban a mí. Qué nerd, jaja. A veces es como si una no aprendiera nada.

Con la Shawna nos hicimos muy amigas durante los tres días que estuvimos juntas, lo que es casi una vida cuando se viaja. Llovía, e íbamos juntas corriendo con nuestros laptop a pechar internet gratis en el Starbucks, o a comprarnos alguna chaqueta decente, cuando su pinche de 27 (con aro en la lengua incluido), medio celosín, le dejaba espacio. Luego de eso, partí en el Stray Bus, dato que me dio mi amiga Kristen, a quien no logré ver porque resulta que las dos estábamos contra el tiempo.

El Stray Bus es un sistema para recorrer Nueva Zelanda que lo recomiendo completamente. Es un bus que te lleva a lo largo de todos los puntos importantes, y que tiene un sistema “hop on, hop off”, lo que significa que si a uno le gusta un lugar puede quedarse allí unos días, y luego volver a subirse al bus. Incluye a un guía, y a mí me tocó Scratch, un local de 36 años, que era bastante loco, pero también real realmente encantador. Hacía juegos en las grandes manejadas, y cantaba absolutamente todo el rato, las canciones más romanticonas de la tierra, a voz en cuello, sin importarle para nada lo que nosotros pudiéramos pensar. A todos nos fue conquistando, aunque a algunos nos costó cierta capacidad de audición, por escuchar el Ipod al volumen máximo cuando una canción en particular le gustaba lo suficiente como para cantarla 5 ó 6 veces seguidas... cosa que pasaba más de lo que quisiéramos recordar... aunque ahora lo hago, con cariño.

Yo no pude usar el sistema hop on, hop off, porque tuve apenas los días justos para hacer el viaje. Como al entrar a Nueva Zelanda, tenía que dar la fecha de salida, di una que luego me significó poco para pasear. Por suerte, tenía los días justos para tomar el tour más corto de Stray, llamado justamente “Short Max”. Lo bueno es que varios estaban así como yo, casi todo mi bus Stray, lleno de gente de los cinco continentes (bueno, excepto África), lo que significa que al final del tiempo éramos como una familia, primero porque no podíamos zafarnos unos de los otros, luego porque nos caímos en gracia.

Lugares vimos tantos, demasiados como para poder nombrarlos todos sin causar un éxodo masivo del lector. Empezamos por la isla norte, que todo el mundo dice que es fea al lado de la isla sur, aunque a mí no me pareció así. Todo era frío, y descampado, pero también saturado de verde, y de musgos, como si la persona a cargo de la naturaleza no pudiera soportar el vacío. Empezamos en Auckland viendo un enorme cráter vacío en medio de la ciudad,  el monte Edén, ahora lleno de un pasto verde casi incandescente, y de ahí fuimos a Raglan, la playa surfista, donde alojamos, pasando por varias cataratas y lugares íconos. Todo muy lindo, pero en general ese viaje lo hice tan rápido que no logré darle a cada cosa que vi la atención adecuada.

La primera noche la alojamos en Raglan, en una casa en medio del bosque, en donde nos quedamos jugando cartas y comiendo una pizza que Scratch fue a comprar al pueblo. Al día siguiente hicimos uno de los mejores paseos: a las cuevas de Waitomo. Son unas cuevas dentro de dos montañas, a las que uno se mete bajando por cataratas, amarrado de cuerdas. Hay que tener guata y espíritu de aventuras, porque tranquilamente bajamos 300 metros, metidos en medio de esas montañas, y más de la mitad del tiempo con la catarata encima… pero cuando apagamos las linternas, vimos de esos gusanos que brillan como luciérnaga en los techos de las cuevas, y cantamos canciones románticas de musicales, todos juntos y a todo cachete, para no morir en hipotermia y un poco para expresar nuestra noción de existencia.

Ese fue uno de los días más especiales, porque en la noche también nos tocó algo esperadol: alojamos en una reserva maorí, en Maketu. Eso es lo bueno de Stray, que te lleva a los lugares outdoor y extremos que el turista promedio no conoce (o no le interesa conocer). También pasa mucho por sitios donde alguien se tira en paracaidismo o hace bungee, aunque no es obligatorio. Yo me abstuve de eso, en parte porque igual era caro, en parte porque me dio chusto, aunque sí compartí la adrenalina de mis bus-amiguis.

En Maketu, donde está la reserva maorí, nos recibió el jefe, un tipo como de 80 años, pero que con la piel privilegiada y aceitosa de ciertos aborígenes, se veía máximo de 50. Toda su familia era racialmente maorí, excepto su señora que era blanca, y además conocía a Scratch porque él es 1/8 maorí, y cachaba a sus parientes. Nos contó de sus costumbres, luego de instalarnos nos cocinó su especialidad (un pescado cocido envuelto en alusa foil, bastante malo), y más tarde nos invitó a la ceremonia de unión fraternal, o algo así… en ella, uno se presenta como tribu externa, y los maorís, luego de cierto enfrentamiento simbólico, y de bailar el haka con los hombres del grupo de nosotros, lo aceptan a uno como parte de la tribu extendida, saludando a cada uno de nosotros con un frotar de su nariz contra la nuestra.

Ah... fue muy lindo, y luego, para celebrar la unión, bailamos, enfundados todos en esos trajes indígenas (también nosotros), y fue especialmente llamativo para mí, porque los maorís sí que se parecen a los aborígenes chilenos, así que me sentí un poco en casa. Y al amanecer siguiente, el viejo maorí nos llevó a andar en canoa, y luego nos sacó una foto y pidió nuestros nombres, para guardar en el archivo de personas que son parte de la familia extendida maorí. Así que ya saben, tengo toda una tribu nueva que cubriría mis espaldas en caso de controversia. Y yo las suyas.

De ahí pasamos por Rotorua, un pueblo con un volcán tan vivo y tan encima, que huele un poco a descomposición, solo por el azufre y otras sustancias. La arquitectura es europea, y tiene un lago precioso, lleno de patos, y otros animales, y con unos senderos bacanes para hacer trekking (como toda Australia y Nueva Zelanda, muy ocupados de crear esos espacios). Además, hay bastantes termas que están por ahí simplemente tirando vapores, un poco como géysers: uno no puede bañarse en ellas porque son muy tóxicas (aunque ganas no faltan, por suerte tienen carteles para evitar al inocente suicida). Sin embargo no se esconden porque necesitan tirar esos aires al cielo. Son como espinillas terrestres humeando bajo plena luz solar, muy ad hoc a la concepción que se tiene de Nueva Zelanda como un país nuevo, casi adolescente.

Esa noche alojamos en Taupo, un lago muy lindo, en un pueblo del mismo nombre, muy del tipo de Pucón… austral y lleno de carrete, donde parece que hay mucho que hacer pero yo no podía quedarme, y de ahí nos fuimos a Whakarora… un sector muy descampado, lleno de colinas con ovejas, y allí alojamos en un campo que se llama “Blue duck”, porque tiene de esos patos azules, que son una rareza.

Esa fue otra experiencia muy buena. Allí estábamos los 15 del bus, más Scratch, alojando en una especie de casa de madera en la mitad de la nada… el cielo absolutamente estrellado, y la plena gloria de la selva austral. La idea era experimentar la vivencia del campo, nada demasiado lejano a un buen campo chileno del sur, pero en especial para los europeos, toda una novedad. Disparamos patos de arcilla, fuimos a caminar, algunos anduvieron a caballo (era más caro), y también comimos cordero al curry. Luego, a la noche, tocamos guitarra hasta lo más tarde que aguantamos con tanta actividad (no demasiado). Yo me lucí con algunas canciones en castellano que en general les encantan a los extranjeros, puesto que consideran que es de los idiomas más lindos que hay (aww).

Lo único medio fome y volviendo atrás, fue lo del cordero al curry. Siguiendo la idea anterior, como Nueva Zelanda tiene estos mamíferos no nativos que rompen el sistema natural (o natural de antes), son considerados una plaga. Así es cómo el gobierno paga incluso por matar gatos salvajes. No es difícil salir a encontrar una presa con la fertilidad y exuberancia de lugar, ni siquiera ovejas, y así es cómo Paul, uno de nuestros compañeros y amigo, un inglés adorable de 26 años, salió con el dueño del campo a matar a uno para la comida… y yo entiendo el proceso, y que incluso sea necesario, para la fauna y etcétera… pero llevar a cazar animales a alguien que no tiene experiencia, me parece una crueldad innecesaria para el pobre animal. La carne estaba muy dura, y el pobre Paul luego nos contó, al borde de las lágrimas… que le había disparado cuatro veces, antes de que el campesino tuviera la compasión de rematarlo, y entonces entendimos porqué. El curry sí estaba bueno, pero no lo suficiente como para enmascarar el horror de ese pobre animal. Aún así lo comí, admito. Era parte de la experiencia.

De ahí nos fuimos al parque nacional Tongariro, donde está ese volcán mítico, que hace que muchos vayan a Nueva Zelanda solo para escalarlo (y para verlo, porque aparece en "El señor de los anillos"). El paseo de rigor era subirlo, pero para entonces yo estaba media enferma, así que decidí quedarme en el hostal… una cosa en medio de la montaña, en un lugar congelado, pero con dos hot tubs afuera que estaban abiertos todo el día y en medio de bosque… Ahí pasé una de las grandes planchas del viaje, porque me había salido una erupción en la piel, y los farmacéuticos me habían dado una crema que había que dejar puesta luego de la ducha… cosa que olvidé cuando me metí campante al hot tub, hasta que vi que salían kilos y kilos de espuma, y toda la gente mirándome, y yo con cara de vergüenza contenida diciendo “I can’t imagine what just happened”, jeje... tuvimos que sacar la espuma a manotazos para no ahogarnos debajo, jeje. Igual nunca admití la verdad (excepto ahora).

El parque nacional Tongariro fue un descanso para mí, porque la subida al volcán era como de seis horas, así que nos quedamos dos noches para los que hicieron el paseo descansaran, lo cual fue una rara y feliz oportunidad para no hacer nada (para mí). Aparte de llenar los hot tubs de espuma, me pasé la tarde viendo una película de casos reales paranormales junto a dos inglesas de unos 24 años, conversando livianamente de la vida, y luego simplemente dejando pasar el tiempo, con la vista clavada al techo del living de hostal y comiendo galletitas con tomate. Mis compañeros, en la tarde, llegaron todos agotados y orgullosos, habiendo conquistado la expedición y preguntándome “What did you do today?”, y casi no podían creer la poca vergüenza de mi persona contestando “Today my assignment was to do nothing… and I kind of succeeded”… jeje.

Y al día siguiente fuimos a ver unos lugares, dentro del parque nacional, donde se rodaron más escenas de “El señor de los anillos”. Estuvimos en la cascada donde conversa la Liv Tyler con no sé quién, aunque era mucho más chica que en la película y también a otro lado más, y luego fuimos a un museo que trata del tema de los terremotos y de volcanes, y que era espectacular, porque tenía un supercomputador que tenía cámara en vivo, de todos los volcanes importantes de Nueva Zelanda, y también de algunos del mundo, lo que hacía crecer cierto sentido periodístico, y tenía también un registro en vivo de todos los temblores y terremotos a lo largo del mundo completo... ese tipo de cosas nerds y controladoras que a mí me gustan, y que me hacen un poco sentir como si estuviera en una película de acción, o en la cabina perdida de Lost (aunque esa cabina era muy mula al final)... o como un científico loco, medio divino, que es capaz de conocerlo todo, y que tiene acceso a todo.

De ahí nos fuimos a Wellington, la capital, última parada de la isla norte y desde donde se cruza a la sur, no sin antes pasar por un par de playas anónimas, aunque todo parece medio anónimo en un lugar tan vacío (y a la vez tan libre)… Wellington, una capital de apenas 400.000 habitantes, pero con toda la tecnología por habida y por haber, y también el verdor... llena de parques con internet wi fi gratis (para estimular el uso de los espacios públicos), otra vez una preciosura. Además, tiene un museo que es de los mejores que he visto, de biología y otras cosas, en donde había hasta una casa que se movía con un terremoto ficticio, y dentro de la cual con mis amigos gritamos cuando nos metimos a experimentarlo (eso me hizo pensar en lo fuerte que fue el terremoto en Chile, porque aunque la casa llegaba como al grado 9, no se sentía ta fuerte como yo lo sentí entonces, y además carecía de los ruidos subterráneos de rigor). De ahí, partí a lo que iba a ser una pasada casual por la biblioteca, pero me quedé pegada leyendo ahí horas enteras, perdiéndome del shopping (lo cual, considerando el estado de mis finanzas, fue más bien una bendición), y ya a la noche, nos juntamos en el hostal... otra vez el Nomads, grande y amistoso y hasta con un pequeño cine dotado de exquisitos sillones de cuero, y luego de cocinar todos juntos (a esa altura, como dije antes, éramos una familia) salimos a ver una banda gratis en vivo y bailoteamos solo un poco, antes de caer desplomados… para al día siguiente despertarnos a las 5 de la mañana, para tomar al ferry, que nos llevaría a la famosa y también gloriosa isla sur, y empezar un trayecto nuevo...


Auckland.

Una placita desde donde se ve esa torre importantísima cuyo nombre no recuerdo.

¡"Chilean empanada"!

Auckland en toda su vorágine urbana y nocturna.

El monte Edén, ex volcán en Auckland, el verdoso San Cristóbal del lugar.

¡A 9661 kilómetros de Santiago!

Los deportistas del San Cristóbal neozelandés.

La caída del agua de la catarata "Velo de la novia".

Posando en Raglan, junto a una escultura maorí. Fíjense en los rasgos hawaianos.

Cabras en pasaje rural de Waitamo. Nuala (una amiga irlandesa) por accidente reflejada en la ventana.

Los maorís haciendo el haka.

Remando en la canoa maorí al amanecer, casi como un ejercicio espiritual.

Rotorua, la ciudad de las emanaciones tóxicas (pero como son naturales no importa).

Museo de Rotorua. Ojo con el delicado estilo europeo.

Una fuente natural de barro caliente (no usar como máscara).

Compañerines gozando en una terma casual en Taupo (el de más a la izquierda es Scratch). El resto: Sophie (alemana), Paul, Nick y Rob (ingleses), Annemarie (de USA), Tahianna (brasilera), Lucas (argentino) y Robbie (australiano).

Con Paul descansando en una mesa para gente gigante.

Un caballo que un señor está haciendo con pedazos de madera que encuentra en los ríos y el mar.

Disparando patos de arcilla en el campo de Blue Duck, Whakaroro.

Rob conquistando el sencillo arte de tirar un hacha a la distancia, y achuntar al centro de la diana.

Marshmallows derretidos, como en las películas.

Con Robbie mirando nuestras cámaras en la cascada del Señor de los anillos en vez de mirar a la cascada.

El volcán Tongariro (¡qué preciosura!).

Con la Tahianna saltando frente a la subida del centro de ski del Parque Nacional Tongariro.

Una de esas playas anónimas. Acá paramos a almorzar pasteles de carne (típicos de Oz y de NZ, y exquisitos). Ñam ñam.

La marina de Wellington. Ojo el tipo soñador colgando los pies, perfecto bajo la linda luz crepuscular.

Neruda (curiosamente traducido) en la biblioteca de Wellington.

Rob y yo peluseando en nuestra última noche en la isla norte de NZ (o eso yo creía).
Éste es el mapa de mi recorrido. Lo pueden buscar en: 
http://www.straytravel.com/new-zealand-bus-travel/search/3/ .

5 comentarios:

Anónimo dijo...

Muy bueno Maria Paz y bien instructivo¡¡¡

Flor Casual dijo...

Que bueno que volviste!!!!

eduardo graça dijo...

Magnificos roteiro de viagem, sentimento da vivência do tempo e do espaço, reportagem fotográfica ... te sigo, abraço!

galgata dijo...

¡¡Gracias!! Y qué rico Eduardo saber de ti :)

Fer dijo...

jajaja uhh buena! al fin terminaré de leer tu viaje por aquí!
que chistosa eres mija! es un agrado leerte
espero que todo vaya bien por allá!