Bien, y estábamos en Wellington, en la isla norte de Nueva Zelanda, justo antes de tomar el ferry hacia Picton, en la isla sur… el ferry era gigante, una mole
que parecía casi un edificio cuadrado en movimiento (me sorprende que esos
barcos no se hundan), y que tenía unas instalaciones bacanes, con unos sillones
de cuero todos suavecitos, y muchos bares y restoranes. Casi todo el grupete se
fue al piso donde mostraban películas gratis, pero yo me quedé en el de más
arriba con un par de amigos más, mirando al horizonte marino y durmiendo en
sillones casi desiertos… al final en
realidad eso fue lo que más hice, dormir, jeje. Felicidad.
Al llegar estábamos medios
nerviosos porque Scratch, nuestro amigo conductor, no había aparecido durante la
mañana de la partida, por lo cual tuvimos que tomar un colectivo al ferry para
no perder los tickets ya comprados, y salir solos… La noche anterior nos
habíamos ido de farra, y todos nos habíamos devuelto antes que él, y como después no apareció, dedujimos que probablemente se había quedado dormido de puro
carreteado... Al principio nos dio rabia, pero cuando ya habíamos resuelto el
problema, nos dio pena, porque de verdad que era encantador, y no sabíamos qué
hacer, si acusarlo o no, porque igual estábamos llegando a la isla sur en la
buena de Dios, sin guía y sin siquiera bus que nos esperara (en
teoría), pero si lo acusábamos obvio que lo echaban y no queríamos eso.
Pero apenas nos bajamos del ferry…
¡nos encontramos con él! inmaculado y llevando una sonrisa digna de galán de
teleserie, como si no se hubiera casi autodestruido la noche anterior… y apoyado
en un nuevo bus Stray mucho más lujoso que el anterior, jaja. Al ver la cara de
sorpresa (y de alivio) nos dijo con extrañeza “But I said that I was going to
catch a plane”, y era cierto que lo había dicho, en la fiesta, pero obvio que
habíamos pensado que era una broma nacida del entusiasmo estival… solo que era
verdad. En el carrete se había encontrado con unos amigos que viajaban en avión
privado al día siguiente, y que ofrecieron llevarlo... entonces en vez de
despertarse antes del amanecer y andar en barco unas 5 horas, se había tomado
la mañana y luego en menos de 30 minutos llegado a la isla sureña. Obvio que
era la opción. Pero nadie lo había entendido.
¡Oh, qué felicidad! Tener todo
resuelto. Así que nos subimos al nuevo bus (es que Stray no sube sus buses al ferry: deja los de la isla norte en la isla norte, y lo de la sur, en la sur),
y continuamos el trayecto. Ese primer día pasamos por Nelson, una de las
ciudades más importantes de Nueva Zelanda (con 40.000 habitantes, ojo), que era
el hogar natal de Scratch. Esa parte del recorrido fue especialmente jocosa cuando
éste nos "explicaba" los que eran las cosas, incluyendo comentarios muy
mentirosos como “Under this bridge I had my first kiss… last year". Ya en la noche, llegamos a alojar a Marahau, específicamente al parque
nacional Abel Tasman, llamado así en honor al mismo explorador neerlandés que
dio su nombre a Tasmania, y a su tigre, y a su demonio… un parque nacional
verdísimo, mojado, muy similar a los que hay en el sur de Chile, a la altura de
la región de los lagos, con cerros llenos de vegetación y ese murmullo constante de
naturaleza.
Allí nos quedamos dos noches,
porque se suponía que íbamos a hacer un trekking durante todo el día siguiente,
pero luego nos llovió tan fuerte, que el trekking solo lo hicimos tres del
grupo, y por apenas un rato. Así que más que nada compartimos, en una casa
donde estábamos los 15 del grupo absolutamente solos. Jugamos Scrabble (en
inglés), algunos vieron películas, y otros simplemente nos instalamos en el
balcón a ver la lluvia y a pasar el rato, tomando té… Al final fue uno de mis
días favoritos, porque la falta de distracciones permitió que como grupo nos
conociéramos mucho más, en ese ambiente tan apartado de todo, que como fuera
del espacio y del tiempo.
Luego de ese feliz relajo, y como por contraste, nos
tocó quizá el día más traqueteado... unas 8 horas de recorrido en el bus, aunque entremedio
paramos en una rareza geológica llamada Pancake Rocks (o “rocas de panqueque”),
que es preciosa pero difícil de explicar (ver fotos). Esa noche, agotados,
llegamos a alojar en Greymouth, un pueblo en medio de la nada (aunque se
cataloga como ciudad), sin nada demasiado interesante que hacer, pero es que el
próximo destino importante, el glaciar Franz Joseph, estaba muy lejos, así que
había que cortar trayecto. Los compañeros se fueron a un paseo a unas viñas,
pero a mí me dio lata (las viñas me aburren un poco), así que me quedé
conversando en el hostal con unas estonianas, de 28 y 30 años, que estaban
trabajando en el campo de manera ilegal y viviendo allí. Ellas estaban cocinando, y terminaron
invitándome, con tal que al final me vi muy beneficiada. Eran muy simpáticas.
Al día siguiente fue casi igual
de traqueteado, 7 horas de corrido en el bus, pero ante tanta repetición uno
empieza a caer en un estado alterado de la mente, y a pasar a sobrevolar la
escena, más que estar realmente vivéndola. Aparte, lo inhóspito y extremo del
paisaje, causa cierta sensación de regocijo y de libertad, por estar tan lejos
de todo el mundo, y a la vez tan inmerso en el corazón verde de la naturaleza. Es casi como estar en terapia.
Al fin llegamos al pueblo de
Franz Joseph, llamado así en honor al glaciar (homónimo), que tiene la gracia de
ser uno de los pocos en el mundo que está avanzando en vez de retroceder (el glaciar, no el pueblo). El
pueblo es una preciosura, totalmente inmerso en medio de la montaña, y
compuesto de apenas unas pocas casas, restoranes y tiendas. Además, el hostal en
que nos tocó estar fue uno de los buenos, excelentes instalaciones y además lleno
de otros backpackers porque es un parada de culto, con harta vida social. Nos quedamos dos noches allí porque al día siguiente había un trekking de los power.
Yo decidí no hacer aquel trekking
de rigor, que consistía en subir el glaciar hasta más o menos arriba, escalando
por el hielo. Tomaba absolutamente todo el día, y además era muy caro, más de
200 dólares. En vez fui con la Miriam, una holandesa de 18 años, a hacer el
trekking por nosotras mismas, sin subirnos al hielo (es ilegal sin guías), pero
entrando de lleno en el parque nacional y llegando hasta a algunas aldeas
maorís. La cercanía del hielo hacía al lugar bastante silencioso.
Ese fue otro de mis días
favoritos. Además de que nos ahorramos un platal, fue una tarde absolutamente
libre, en la que simplemente merodeamos por la zona. Luego de tanto guía y de
tanto seguir una agenda, uno empieza a insensibilizarse ante tanto estímulo, y
a sentirse irritada de tantas instrucciones… pero al haber ido solas… al haber
elegido el modo de recorrer, y al haber podido tomarnos nuestro tiempo al
hacerlo… además de sentirnos más libres, en cierto modo hizo que fuera algo
mucho más nuestro, un lugar que descubrimos solas y que por eso quedó dentro de
nosotras. Por supuesto, también facilitó la buena onda de la tarde que la
Miriam era (es) muy agradable y simpática.
Después de dejar Franz Joseph, continuamos hacia al sur, viendo otros lugares de rigor, como el glaciar Fox o el lago
Mackenzie. Esa noche alojamos en Makarora, un lugar que sospecho que ni
siquiera es un pueblo, sino solo un hostal enclavado allí, con bar y restorán
(¡y karaoke!), pero en medio de la nada y bastante chico. Allí alojamos
divididos en casas A, lo que me hizo intensamente feliz, puesto que cumplió un
sueño que había arrastrado durante toda mi infancia. El paisaje todavía era muy
verde, en esas zonas, como la isla norte.
Al día siguiente nos encaminamos
a Queenstown, que viene a ser de los destinos más esperados y queridos de Nueva
Zelanda, si no el más. Entonces fue cuando el paisaje comenzó a cambiar, no sé si por la
altura, o por el extremo sur, o por ambas cosas, pero la naturaleza dejó de ser
tan verde, y comenzó a ser amarillenta y pastosa, y a desnudar sus montañas
ante la simple vista... viéndose todo mucho más cercano de lo que en verdad está (uno pierde la perspectiva). Pasamos por el lago Wanaka, muy lindo, aunque más que el
lago (que admito que encontré medio fome) me gustó el museo al que fuimos allí... un museo de efectos ópticos y otras rarezas, con laberinto de árboles incluido,
en el que tuvimos un rato realmente divertido e intercambiamos varios
codazos de feliz impresión compartida.
Esa noche al fin llegamos a
Queenstown, un pueblo que tiene de todo: está rodeado de lugares interesantes
en los cuales pasear, y además tiene mucha pero mucha vida social y también vida
nocturna… y todo tipo de locales, y de discoteques, y de tienda, y también
ferias con artesanías, y así un montón de cosas simpáticas y urbanas que además
de choras son un alivio cuando uno lleva tanto tiempo recorriendo en medio de
la nada.
Algunos fueron a jugar mini golf y otros fuimos a probar las
hamburguesas del Ferburguer, que lo recomiendo totalmente si alguien va…
exquisitas, y baratas, y tan grandes que sirven para guardar y comer en dos o
más ocasiones (aunque son tan ricas que en general duran menos). Luego, en la
noche salimos a comer pizza, y a bailar, y en un juego yo me gané un ticket que
me dejaba ir gratis a siete distintos bares, y tener siete tragos distintos
gratis… ticket que si simplemente se compraba, costaba 30 dólares, pero yo se
lo regalé a una amiga y al final me quedé con el resto del grupete. Es que era
mi última noche con la mayoría de ellos.
Es que, pese a que Queenstown es
un destino tan importante que el bus Stray recomienda quedarse mínimo 3 noches
allí… el pasaje de avión de vuelta a Australia que había comprado en el
aeropuerto, era para apenas dos días más, así que
tenía que partir. Justo a la noche siguiente era el Winter Fest, fiesta masiva que
celebra el inicio de invierno, aunque no había nevado (cosa complicada
considerando que Queenstown tiene un centro de ski), pero que igual tenía al
pueblo tapizado de afiches. Una pena.
Así que me fui media triste, porque aparte de perderme la fiesta, el grupete se había convertido en una especie de familia... pero a la vez me fui feliz
justamente por lo mismo: por haber tenido la suerte de forjar esa clase de
lazos, y de entremedio haber tenido esa experiencia de descampado... tan lejos de todo y de todos (aunque eso continuaría). Así que, a la mañana siguiente, me subí resignada a mi nuevo bus Stray,
con nuevo conductor (un rubio medio fomeque llamado Nana) y mis nuevos
compañerines, que eran solo tres, mientras un par de ex compañerines me
despedían con pañuelos, llorando en broma. Es que obvio que nadie iba a querer dejar Queenstown
justo cuando venía la gran fiesta del invierno. Yo no lo habría hecho.
Pero a la vez sí, porque estaba emocionada de continuar adelante. Y ese último día de excursión me llevó
al Monte Cook, el monte más alto de Nueva Zelanda, 3.700 metros, un destino que
hace rato había esperado y que tenía muchas ganas de ver. Aunque el monte no se ve tan alto, porque la
zona entera es montañosa… qué lugar más espectacular para la vista, y qué
escarpada que es la punta.
El pueblo del Monte Cook era enano, apenas unas casas desperdigadas, y un hotel gigante igual de bien
armado y de tétrico que el de “El resplandor”, casi vacío… pero el escenario
era para quedarse sin palabras, y hasta un poco claustrofóbico porque adonde se
mirara había una montaña custodiando el horizonte, cayéndose encima de uno. Con mis nuevos compañeros
(dos ingleses de 18 años, y una holandesa de 25) partimos a un trekking
improvisado, solos, y de algún modo llegamos a una laguna glaciar, en medio de
dos montañas. Hacía un frío impresionante, especialmente desde que se puso el
sol, y el paisaje era lunar y casi irreal. Sacamos unas fotos increíbles, y a
la vuelta nos devolvimos cantando, y las voces resonaban contra los muros de
tierra, de hielo y de piedra.
Al día siguiente se acabó mi
expedición Stray. El grupo seguía un día más, pero yo debía bajarme en
Geraldine (un pueblo) para tomar el bus, para así llegar a Christchurch, y tomar
el avión a Melbourne, Australia… pero una vez que llegué al aeropuerto, resulta
que todos los vuelos estaban cancelados por la nube volcánica del Puyehue, hasta nuevo aviso.
Irónico, ¿no? Correr tanto para
luego no poder irse. El aeropuerto estaba lleno de gente viviendo allí, hasta con espacios habilitados para eso, y en un
comienzo decidí esperar. Me hice amiga de unos polacos que llevaban ya tres
días instalados allí… pero luego recordé que estábamos a 26 de junio, y que el
16 de julio partía a Chile y que tenía un montón todavía que ver, así que me puse
impaciente.
Quise irme a un hostal en
Christchurch a conocer la zona mientras el asunto se arreglaba, porque los vuelos habían hasta triplicado los precios, y yo, por
estar en la aerolínea más rasca (Jestar) con el pasaje más rasca, estaba en una
lista de espera para siempre jamás. Pero Christchurch tenía sus propios
problemas… el terremoto que había sufrido hace algunas semanas había vuelto a
colapsarlo todo, y sus hostales estaban absolutamente repletos, así que no era una opción (por eso había tanta gente viviendo en el aeropuerto).
Así que al final, luego de pasar
poco más de un día esperando (no mucho en comparación con otros), me fui
a Auckland, a esperar allí a que amainara la nube volcánica. Jetstar me devolvió
lo que había pagado por el otro pasaje, pero los precios estaban tan altos que
viajar dentro de Nueva Zelanda me salió casi el triple que lo que me habría costado a
Melbourne, Australia. Bueno, es que ese viaje a Melbourne lo había comprado con
mucho tiempo (y me había salido extremadamente barato).
Al final no conocí Melbourne. No
en esa ida a Australia. Me quedé en Auckland tres días, esperando, y luego
partí a Brisbane, en un vuelo barato, y al
final no alcancé. Esos tres días en Auckland me alojé en Nomads otra vez, pero
en una versión más barata llamada Nomads Fat Camel, en donde me mandaron a un
departamento compartido, con living, refri, tele y todas las instalaciones.
Allí conocí a chilenos, una rareza en el viaje, y también a unos alemanes, y
pasamos unos días agradables juntos, aunque todos estábamos un poco irritados. Los otros chilenos estaban muy asustados, porque
se les había vencido su visa hace dos semanas, y es que no habían podido irse,
también por la nube volcánica. Más adelante querían volver a Nueva Zelanda y
les daba nervios que luego no les dieran la visa por haber “abusado” de ella. Además,
estaban medio arruinados… pero logramos bajar la tensión compartiendo las
experiencias propias y en especial unos buenos garabatos, que buena falta me
hacían. Hay pocas cosas más placenteras que echarse una buena garabateada en el idioma natal. Para mí los idiomas extranjeros no suenan igual, pese a que alguna vez insulté en inglés, y en que hasta insistí en aprender insultos o palabras polémicas en alemán, francés, holandés y hasta japonés (el miembro controversial se llama "chin")... pero nunca tuvo el mismo sabor.
Al terminar esos tres días me fui
de Nueva Zelanda, con una sensación feliz, y en el aeropuerto me encontré con varios jugadores de rugby, que estaban
llegando con cara de expectación y de felicidad (el mundial estaba casi
encima). Yo los miré con la ternura de quien mira a personas que llegan a un
lugar que para ellos es nuevo, pero que uno ya ha conocido… aunque posiblemente
ellos han viajado mucho más que yo… por ahora.
El mundo es un lugar tan amplio.
Hay tantos lugares a los que ir, y tantas cosas que ver, que no sé hasta dónde vale la pena repetir.
Pero sí sé que me gustaría volver a Nueva Zelanda alguna vez.
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4 comentarios:
qué lindas fotos!!!!
¡¡Que lindos los glaciares!! De la que te salvaste al no subirlos hasta arriba...... es muuuy peludo.
Hey! te quedaste en el nomads! hahah demás que nos cruzamos por ahí entonces, porque para esa fecha ya había empezado a trabajar ahí hahah
Uaaaa qué divertido, Fer!! de más que hasta nos tocó conversar jaja. Qué chico es el mundo :D
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